Wednesday, June 29, 2011

Judith Wright: tres poemas
















El hombre perdido


Para llegar a la charca debes atravesar el bosque 
por el asombroso verano de tinieblas 
iluminado con arcaicos helechos, 
tejido con veneno y espina. 
Debes tomar el camino que él siguió –el camino de manos 
y pies ensangrentados, la sangre en las piedras como flores, 
bajo las flores encapuchadas 
que caen sobre las piedras como sangre. 
Para llegar a la charca debes ir por el valle negro 
entre las prolíficas columnas hechas de silencio, 
bajo las nubes colgantes 
de hojas y pájaros sin voz. 
Para ir por el camino que él tomó hacia la voz del agua,
donde el sacerdote árbol punzante espera con sus látigos y fiebres,
bajo las sombras encapuchadas 
que caen de los árboles como sangre, 
has de olvidar la canción de la danza del pájaro de oro 
sobre luz arrojada; debes tan sólo recordar 
el jirón de tinieblas 
que abate tu flaqueza. 
Para ir por el camino que él tomó debes encontrar bajo tus pies
la última charca sin rostro, y caer. Y al  caer 
encontrar, entre respiración y muerte, 
el sol por el que vives.




Fuegos de otoño  


Brotes de flores caducas se convierten en tallos en otoño, 
llenan el jardín, requieren 
la disciplina de las podadoras. 
Atragantado exceso, caos de malas hierbas, 
frío amargor que estrangula telas de raíces;

lo apilo todo en un gran túmulo, 
quebrada rama que olvida flor y fruto,
tallo espinoso demasiado duro para pudrirse,
 
os amontono en una alta pila para un rito postrero.

Cuando las ramas están listas y el fósforo prende 
vuestra muerte estalla como vida, vuestro brillo 
corona y consume el año que acaba. 
La podredumbre se transforma en deseo 
que abrasa el puro aire ondulante 
y la muerte se eleva como una oración.




Tormenta


Desde la ladera guarecida del promontorio,
a salvo del viento, observo agazapada,
mientras traídas por la tormenta destructora de barcos
vienen locas procesiones de olas.
Un dominio divino y largo tiempo muerto
hace subir de nuevo la marea a la tarde y ya la corroída
loma de playa mengua y se altera. Las olas gritan: líbranos.

Líbranos de la larga sumisión, de los látigos
que nos arrojan para siempre sobre la fría roca del tiempo
soltando nuestra inútil y obstinada súplica sin respuesta.
Déjanos libres  irrumpir, derribar el umbral de la tierra
y ahogar cada pregunta bajo un negro aluvión.
Entonces gritan odio las olas; odio.

Y en cada promontorio del mundo, en cada roca chorreante
concentrando cada gota salvaje de espuma, como yaciendo en la calma del útero,
golpean y giran en las olas, la invisible legión
de instantáneos cristales, efímeras vidas,
la obra ubicua y primera del amor;
tan pequeñas, tan fuertes que ni esta vesánica
oleada violenta que quiebra farallones, ni el final
desespero de la tormenta las toca,
dentro de la incólume calma ocupadas
en gestación y muerte. 




                                Traducción de José Luis Fernández Castillo

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