Thursday, June 16, 2011

Osip Mandelstam


















Esta noche es irremediable,
pero en nuestra casa es aún de día.
El sol negro se ha alzado
sobre las puertas de Jerusalén.

El sol amarillo es más terrible–
duerme mi niño, el niño due– 
En el templo radiante los judíos
amortajaron a mi madre.

Sin conocer la gracia
y privados de un sacerdote,
en el templo radiante los judíos
rezaron por una muerta.

Y sobre mi madre resonaron
las voces de los israelitas.
Yo me despertaba en mi cuna,
por un sol negro iluminado.


           
           Traducción del francés de José Luis Fernández Castillo

Sunday, June 12, 2011

Charles Tomlinson: Una meditación sobre John Constable

















“La pintura es una ciencia, y debe ser ejercida como una investigación en las leyes de la naturaleza. ¿Por qué, entonces, no puede la pintura paisajística ser considerada como una rama de la filosofía natural, de la que los cuadros no son sino experimentos?
 (John Constable, The History of Landscape Painting)



Respondió a su propia pregunta, y con la sencilla 
exactitud del arte; enriqueció sus premisas 
confirmando su práctica: labor de observación 
ante fenómenos meteorológicos. Una serie 
de nubes atenúan el sol al pasar 
ante él. Oscuridad en masa 
de nuevo emborronándolo, dispersos y delicados 
rayos surgen húmedos de ellas, hasta que la fuente 
se desenmascara, inunda su orilla en retirada 
con fuego puro. Uno percibe (sólo apenas) 
los restos de nubes arrastrándose 
harapientas y a un cendal reducidas. 
Mas la siguiente hará de contención. Se avecinan 
y angostan su fulgor. Se reduce a un creciente 
oprimido, un rezumar aún prolongándose 
mientras la masa se adensa, aunque no puede celar 
su amarillo plateado. El eclipse es súbito, 
visto primero en la hierba en penumbra, más tarde completo 
en un cielo cubierto.
                                      Hechos. ¿Qué son? 
Él admiraba los accidentes, porque están gobernados por leyes, 
representándolos (pues la ilusión no era su fin) 
sometidos al sentimiento. El fin es nuestra aprobación 
libremente otorgada, la ilusión persuadiéndonos 
de su existencia como imagen humana. Presa 
de un sol ondulante, o bajo un viento 
que al mojar los contornos verdes de las riberas 
se prepara para disolverlos, debe crecer constante; 
aunque allí, desiguales e hirsutos, los inquietos árboles 
dejan pasar la distancia, como una niebla 
blanca en sus hileras rotas. Debe ser persuasivo 
y constante, no ser apartado
por revelar lo que apenas oculta. El arte 
es arte cuando como tal lo aceptamos. El día gira. Él habría 
pensado lo mismo exactamente ante tal luz, que a trancos 
desciende sobre las manchas rápidas de las sombras nubosas 
suprimidas ahora por su contienda de colores. 
¿Un pintor descriptivo? Si el gozo 
describe, arrancando del pincel 
el errar de la mente, tan comedida, 
puede renunciar a todo patetismo; pues lo que vio 
mostraba lo que él era y la mano –no guiada 
por el dictado de un solo sentido– 
encarnaba el preciso y total conocimiento 
en una caligrafía de presente placer. El arte es pleno 
si es humano. Es humano 
cuando los anudados pigmentos, los alfileres 
de la luz asegurándose un espacio bajo sus hábiles
restricciones convencen, como signo de una pasión posible, 
como indicio adecuado de la pasión 
y de su objeto. Miente el artista 
para mejorar a la verdad. Creedle.  



                           
                               Traducción de José Luis Fernández Castillo

Saturday, June 4, 2011

Siete poemas de Umberto Saba













 Sobre la mesa

Sobre la mesa del bar donde nos sentamos 
en el verano amigo, caen las hojas 
de los árboles donde los estorninos 
se posan, prestos a emigrar.

Mas tú a mi lado tienes queridas 
esperanzas. Tienes la tristeza que te marca
de una sombra el rostro joven. Oscuro 
es mi llanto, que a los otros y a sí mismo se oculta.




Perspectiva 
 
La gente aprisa dispersa. 
                                          En la avenida 
hileras de árboles desnudos, 
al fondo allá donde se esfuman los campos, 
se aproximan –parece– hasta estrecharse.     
Y entra aquí un poco de ese cielo lila 
que turba y no consuela. 
                                           Breve tarde, 
demasiado, a la vista, tranquila.





El cristal roto

Todo se mueve contra ti. El mal tiempo, 
las luces que se apagan, la vieja 
casa sacudida por una ráfaga y que amas 
por el mal sufrido, las perdidas 
esperanzas, alguna dicha en ella gozada. 
Sobrevivir te parece negar 
obediencia a las cosas. 
                                       Y en el destrozo 
del cristal en la ventana está la condena. 





Hoja muerta

La encarnada hoja muerta 
que el viento arrastra, 
el viento y el barrendero,

–bajo el fúlgido cielo cae, ensangrienta 
con las otras la calle–

imitaría. Por náusea 
de las palabras vanas, 
de los rostros sin luz.

Pero tu voz, amable, me habla; 
haz que no caiga aún.  


 

Cenizas

Cenizas 
de cosas muertas, de perdidos males, 
de contactos inefables, de mudos 
suspiros;

vívidas 
llamas de vosotras me invisten en el acto 
que de ansia en ansia acerco a las puertas 
del sueño;

Y en el sueño, 
con los lazos tiernos y apasionados 
que tienen el niño y la madre, y en vosotras cenizas 
me fundo.

La angustia 
acecha al paso, yo la desarmo. Como 
un beato la vía del paraíso, 
subo una escala, me detengo ante una puerta 
a la cual llamaba en otros tiempos. El tiempo 
ha cedido de golpe. 
                                   Me siento, 
con los pantalones y el alma de entonces 
en una luz de fulgor; en el corazón 
se abate una alegría vertiginosa 
como el fin. 
                     Pero no grito. 
                                             Mudo 
parto de la sombra hacia el inmenso imperio.

   



Primavera

Primavera que no aprecio, quiero
decir de ti que de una calle la esquina
 
doblando, tu presagio me hería 
como una cuchilla. La sombra aún leve 
de ramas desnudas sobre la tierra aún 
desnuda me turba, casi también podría yo 
debería 
renacer. La tumba 
parece insegura ante tu inminencia, antigua 
primavera, que más que otra estación 
cruelmente resucitas y matas. 




 
Límite

Habla conmigo largamente mi compañera 
de cosas tristes, graves, que sobre el pecho 
pesan como una piedra; maraña 
de males inextricables, que ninguna 
mano, tampoco la mía, puede desatar. 
Un pájaro 
de la casa de enfrente sobre el alero 
se posa un instante, al sol brilla, regresa 
al cielo azul que lo cobija. 
                                          ¡Oh, él 
dichoso entre los dichosos! Tiene alas, ignora 
mi pena secreta, mi dolor 
de hombre junto a un límite: la certeza 
de no poder salvar a quien se ama.  



                             Traducción de José Luis Fernández Castillo

  

Thursday, May 26, 2011

Un soneto de Giordano Bruno




















Si vuela a su esplendor la mariposa
no sabe que llama es la que le altera,
si el ciervo sediento las aguas acosa
no ve la flecha que ronda certera.
Si el unicornio corre hacia la hermosa
ignora el lazo que en su seno espera.
Fuente, luz y regazo, en mi deseo
llamas, saetas y cadenas veo.
Si es dulce el dolor mío
pues este alto rostro así me apaga,
pues el arco divino dulce llaga,
pues este nudo envuelve lo que ansío,
por siempre sea la carne quemada,
el pecho asaetado, el alma atada.



                Traducción de José Luis Fernández Castillo

Tuesday, May 17, 2011

Un haiku de Nakamura Takumi






















La flor que, entera, 
sobrevivió a la nieve
pierde ahora un pétalo. 






                  Traducción de José Luis Fernández Castillo

Saturday, May 14, 2011

Tres poemas de Georg Trakl












   De noche

El azul de mis ojos se ha extinguido esta noche.
El oro rojo de mi pecho. Qué silenciosa ardía la luz.
Tu abrigo azul cubrió al amigo que se hundía.
Su locura sellaste con tu boca roja.



   
   La canción de Kaspar Hauser


                                                     A Bessie Loss

En verdad amaba el sol que descendía púrpura la loma,
el sendero del bosque, el canto del pájaro negro
y la alegría del verdor.

Grave era su morada a la sombra del árbol
y puro su rostro.
Dios habló una dulce llama en su pecho:
Oh, hombre.

Calmo encontró su paso la ciudad en la tarde;
la oscura queja de su boca:
quiero ser un jinete.

Mas animal y arbusto lo siguieron,
casa y jardín de hombres blancos
y su asesino lo buscaba.

Primavera y verano y el bello otoño
del ecuánime, su paso ligero
lejos de los oscuros cuartos de los soñadores;
A la noche, se quedó solo con su estrella;

Vio la nieve caer en las ramas desnudas
y la sombra del asesino en el zaguán al véspero.

El no nacido hundió su cabeza de plata.

 


   La tormenta

Montes salvajes,  la tristeza
sublime de las águilas.
Nubes doradas
humean sobre un desierto pétreo.
Paciente calma respiran los pinos,
los negros corderos en el abismo,
donde de pronto lo azul
extrañamente cesa,
el sosegado susurro del zángano.
Verde flor –
silencio.

Los espíritus sombríos del arroyo
turban el corazón como en un sueño,
oscuridad,
que cae sobre el barranco.
Blancas voces
errando a través de los patios siniestros,
de las desgarradas terrazas,
el rencor poderoso del padre, el clamor
de la madre,
el dorado grito de guerra de los jóvenes,
y un feto
suspirando por sus ojos ciegos.

Dolor, llameante visión
de la gran alma.
Ya estalla en la oscura turba de
carros y caballos
el encarnado horrible de un relámpago
en el abeto resonante.
Magnético vacío
se cierne sobre esta cabeza orgullosa,
melancolía ardiente
de un dios enfurecido.

Angustia, serpiente venenosa,
¡negra, muere entre las piedras!
Entonces caen los salvajes arroyos
de lágrimas,
piedad de la tormenta,
en truenos amenazantes
reverberan las nevadas cumbres.
El fuego
purifica la noche desgarrada. 



                         Traducción de José Luis Fernández Castillo
 

Friday, May 6, 2011

Dos poemas de Dylan Thomas


















DONDE ningún sol brilla, la luz rompe;
donde ningún mar se extiende, las aguas del corazón
en sus mareas empujan;
 pulen las pertenencias de la luz
-rotos fantasmas
que parasitan las luciérnagas-
a través de la carne,
donde a los huesos ninguna carne viste.

En los muslos un ascua
calienta simiente y juventud,
consume las semillas de la edad.
Donde semilla no se agita desarrúgase
el fruto del hombre en las estrellas,
brillante como un higo;
donde cera no hay, la vela muestra sus cabellos.

El alba quiebra tras los ojos;
desde cráneo y puntera como polos,
sangre aventada se desliza en mar;
ni cerca, ni jalón, chorros celestes
al mando del bastón borbotan, adivinan
en la sonrisa un aceite de lágrimas.

Rodea la noche en las cuencas
como luna de brea, el límite de los globos;
el día alumbra el hueso;
donde no hiela, el viento desollante
desprende los vestidos del invierno;
cendal de primavera
cuelga de los párpados.

Rompe la luz en secretos solares,
en vertederos de pensamiento, donde en la lluvia
pensamientos huelen;
cuando muere la lógica,
crece a través del ojo el secreto de la tierra,
y salta la sangre en el sol;
sobre predios baldíos, el alba se detiene.






ESTE pan que parto, en otro tiempo fue la avena, 
este vino en los frutos
de un árbol extraño se abismó; 
hombre en el día o viento en la noche;
abatieron las mieses, arruinaron el gozo de la uva.

En este vino antaño la sangre del verano 
tundió la carne que vistió la viña. 
En otro tiempo en este pan 
gozó la avena al viento; 
deshizo el hombre el sol, abajó el viento.

Esta carne que partís, esta sangre 
que en la vena desola 
fue avena y uva 
de la savia nacida y la raíz sensual.

Mi vino bebéis, mi pan quebráis.




                          Traducción de José Luis Fernández Castillo